"Pintada, no vacía: pintada está mi casa del color de
las grandes pasiones y desgracias." Con esta frase de Miguel Hernández
comienza “Dejadme La Esperanza”, abre y resume lo que será toda la trama:
pasión y desgracias. Pasión amorosa, pasión por lo que eres o pasión por la
libertad, la libertad desmedida puede acabar en una desgracia o también las
desgracias descubren pasiones.
Todos vinimos al mundo con una tarea que cumplir, algo que
hacer, algo que el destino ya estableció;
por lo menos eso creían los griegos. De la Antigua Grecia heredamos el ágora, el reunirnos para instaurar lazos,
teorías políticas, el teatro y la
heroicidad.
Cada obra tiene como motivo demostrar la identidad pura con
la que sus personajes llegan a presentarse, el idealismo demarcado en cada una
de las acciones tomadas y la interminable lucha que manifiestan entre cómo
controlar su fuerza interior sin fallar a su destino. Además de la búsqueda
insaciable por la verdad espiritual. Los sueños y el recuerdo de un fin trágico
en común que las une, siempre están presentes aquellos anhelos que no se pueden
llevar a cabo por la rudeza del destino y dejando recuerdos de una vida que se
va.
La muerte por honor a causa del marcado carácter conservador
de las sociedades de esa época es quizá el lazo conductor de estas tramas que,
de cierta forma confirman la idea aristotélica de que el hombre, mediante la
virtud, consigue el areté, la excelencia. Ahora bien, ¿Es la muerte realmente
mala o es el fin que todos merecemos y decidimos alcanzar?
Imágenes: @TeatroUCAB
Imágenes: @TeatroUCAB
